Hace un tiempo hubo un visionario. Fue un hombre que vio como una ciudad prosperaba al amparo de una empresa maderera que le brindaba a los ciudadanos elementos para construir su ciudad. Este visionario pensó que podía hacerlo mejor y se puso a ello.
Buscó un sitio adecuado para establecer un pueblo y en lugar de fundar una maderera hizo una cooperativa de la madera. Y puso los planes de desarrollo al alcance de todos, para que cualquiera pudiera hacer lo mismo en sus tierras.
Pronto llegaron los primeros pobladores, los fundadores, y comenzaron a aportar su tiempo y trabajo para hacer crecer el pueblo.
Unos pusieron su trabajo cortando, clavando, serruchando. Alguno puso un aserradero.
El pueblo fue creciendo y cada vez eran más vecinos.
Y con la gente nueva llegaron los problemas. Pronto el pueblo tuvo un bar. Y más tarde, un burdel.
El dinero fluía y el crimen también creció.
Pero el visionario y los fundadores redoblaron sus esfuerzos.
El visionario fue dando elementos para que los fundadores pudieran controlar los problemas. Y estos, unos a gusto y otros porque lo consideraban su deber, se volvieron la ley del pueblo.
Juntos controlaban los abusos, imponían el orden y hacían primar el respeto.
Y el visionario seguía con su trabajo, haciendo que el pueblo fuera cada vez más próspero.
Un buen día el pueblo se convirtió en ciudad. Las personas eran tantas que ya era imposible controlarlas con los viejos métodos. Así que los fundadores hicieron todo lo que pudieron, con su mejor intención de hacer del lugar un sitio mejor.
Pero el destino de la ciudad era seguir creciendo y cuanto más grande, más distinta era de aquel pequeño pueblo pimigenio.
Finalmente ya los ciudadanos no sentían respeto por los fundadores. Era lógico, no sabían el esfuerzo que había costado levantar aquel pueblo. Ellos habían llegado cuando ya era una ciudad donde el orden, en su mayoría, se respetaba, y donde las cosas estaban hechas.
Y los fundadores, entendiendo que su función ya no era tan útil, siguieron su camino.
Algunos abandonaron la ciudad en busca de un nuevo desafío. De vez en cuando volvían a visitar el sitio que vieron crecer desde sus inicios.
Algunos quisieron seguir imponiendo el orden y siguieron pidiendo al visionario, ahora un alcalde lleno de responsabilidades, más herramientas. Y el visionario, en la medida que podía, intentaba darles lo que pedían. No dejaba de sentir por ellos una mezcla de gratitud y tristeza, porque sabía que ya no podía devolverles aquel pueblecito soñado.
Y otros prefirieron mezclarse entre los nuevos habitaNtes y pasar desapercibidos, tristes al comprender que los viejos tiempos nunca volverían y a la vez felices de haber formado parte de aquello.
Y la ciudad siguió con su rutina y con su ciclo de crecimiento y renovación, libre y abierta para todos.
Dedicado a perl y a toda la “secta” de Menéame ![]()
5 respuestas hasta ahora ↓
1 Tora // Abr 28, 2007 a las 12:05 am
¡Qué potito! solo se te han olvidado las vallas publicitarias, esas que anuncian de todo y que algunos usan hasta la saciedad
2 Cojin // Abr 28, 2007 a las 12:06 am
Yo llegue cuando ya era una ciudad y si cuando era pueblo era mejor, tenia que ser la repanocha.
3 Liamngls // Abr 28, 2007 a las 1:59 pm
Tengo que decir que esta entrada en completamente errónea, lo siento Damián pero tienes que comprender que un bar y un burdel son productos de primera necesidad … ¡¡¡mira que decir que con ellos llegaron los problemas!!! ¡¡¡matemos al mensajero!!!

Por cierto, yo llegué cuando el burdel y además estoy en la polisía (que el sueldo de funcionario no llega)
4 jotape // May 2, 2007 a las 1:56 am
Bonito cuento… me quedó la duda de si ese pueblecito también lo pagaba el PSOE xD
5 Damian // May 2, 2007 a las 1:59 am
@Tora: verdad de la buena…
@Liamngls y @jotape: lol
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